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Las fiestas representan
estados y tiempos específicos en la vida de los hombres, por
eso, junto con otras manifestaciones, informan la herencia
cultural que acumulan las sociedades. El tiempo de fiestas es
deseado porque supone una ruptura con el quehacer cotidiano y el
esfuerzo se valora en términos de relajación. Pero también
porque, en cierto modo, supone una subversión del orden
habitual. La fiesta crea una conciencia general, deliberadamente
superior a la estructura de clases y a determinados preceptos
del orden moral. A lo largo de este corto tiempo, la sustitución
del rito social por el rito festivo permite determinadas
licencias.
Antiguamente las
fiestas Populares, sean religiosas o festivas, eran de
participación comunitaria, aunque su organización podía ser
directamente comunitaria o estar a cargo de una familia.
El concepto
generalizado de las fiestas religiosas, sean criollas o
aborígenes, es de agradecimiento y pedido por un año de bonanza.
Las de origen criollo se caracterizan por el rezo de la novena.
En el altar familiar se encienden nueve velas o una de gran
tamaño, preparada especialmente para el santo o la virgen. Las
familias devotas velan el santo desde la puesta de sol del día
anterior, durante la noche y el día siguiente. La velada se
acompaña con bailes, música y entretenimientos de abierta
participación a todos los vecinos y personas que se acerquen. El
dueño de casa ofrece la comida a los acompañantes durante todo
el día.
Fiestas festivas en
Catamarca:
En Catamarca, como en
toda América Latina, en los ámbitos rurales la lógica del don
que se expresa en su plenitud durante la fiesta, ha resistido.
Ha resistido la “extirpación
de herejías” de la época colonial.
Ha resistido las campañas
policiales de persecución a “vagos y mal entretenidos” de la
época de la organización nacional.
Ha resistido al “normalismo”
que, imponía Sarmiento, que al tiempo que alfebetizaba a las
“masas bárbaras”,enseñaba a los niños a despreciar y
avergonzarse de la cultura de sus padres.
La minga, trabajo
comunitario que culmina en fiesta hasta los años 50 del siglo XX
fue lugar común en todo el interior de nuestra provincia y hoy,
en los barrios periféricos, donde se han establecido los
migrantes del campo, la “losiada” sigue guardando esa añeja
tradición andina de reciprocidad, de trabajo compartido que
termina en fiesta.
Así la fiesta popular
con su rico contenido artístico, estético y lúdico llega al
siglo XX y, por mediación de folclorólogos ilustres, como Juan
Alfonso Carrizo, Carlos Vega, Augusto Raúl Cortazar, Eusebio
Colombres, empieza a penetrar en las ciudades, esto es, en el
ámbito de la civilización.
En los años setenta
surgen grandes convocatorias, que ponen en escena la cultura
popular, como por ejemplo el Festival Nacional de Folklore de
Cosquín, la Fiesta Nacional del Poncho del Poncho, de Catamarca
y otros muchos.
Es interesante prestar aquí
atención a la diferente denominación de estos eventos:
Festival, para Cosquín.
Fiesta, para El Poncho
Notamos claramente dos
ideologías diferentes sustentando estas dos propuestas. Cosquín
se ofrece como un escenario para los artistas de proyección
folclórica.
Catamarca, permite que
aflore el folclore que atesora:“estos son los trabajos y los
días del pueblo catamarqueño”, dice parafraseando a Hesíodo en
su discurso inaugural el profesor Armando Raúl Bazán, a la sazón
Subsecretario de Economía de la Provincia quien tuvo a su cargo
la apertura de del evento.
Pero ese modelo de
Fiesta, en el que cada uno de los pueblos que conforman
Catamarca tenía un lugar para mostrar su producción agraria, sus
artesanías y su arte, no pudo sostenerse, y así, a pesar de
mantener su nombre de “Fiesta”, El Poncho, a poco andar, devino
en festival, es decir en Espectáculo, donde hay una clara
separación entre los espectadores y los actores.
Ese mismo camino
siguieron todos las convocatorias que fueron naciendo: Los
Festivales de El Fuerte; La Reina de Yocavil; Del Cabrito; La
Mandarina ; la propia Fiesta del Aguardiente etc.
Sin embargo la riqueza
del patrimonio cultural catamarqueño aflora en sus cantores y
bailarines, en sus artesanos del tejido, la alfarería la madera,
la piedra y el cuero.... haciendo de todas estas propuestas
encuentros dignos de ser incluidos en cualquier agenda turística
Fiestas Religiosas en
Catamarca:
La Religiosidad popular
está transitada de magia, los santos patronos, y, entre ellos,
en primer lugar las distintas advocaciones de la Virgen María,
son dispensadores de favores especiales y, hasta de milagros.
Hay una relación permanente de don y contra-don, entre ellos y
sus fieles.
La Virgen del Valle,
patrona de Catamarca, que está considerada tanto por la leyenda
cuanto por la historia la “pobladora” de la ciudad de San
Fernando del Valle de Catamarca, capital de la provincia,
convoca dos veces al año una verdadera multitud. Podríamos decir
que estamos ante una “ciudad tomada”. Los Peregrinos ocupan
todos los espacios públicos, como ellos dicen “la velan” a la
Virgen en su templo. Suben de rodillas hasta su camarín. Se
despojan de lo más valioso que tienen para dejar su ofrenda a la
“Reina del Valle”.
La Virgen Morena,
imagen vestida a la usanza española, debajo de su alba camisa y
su manto celeste, esconde una imagen policroma en la que
resplandece el sol del incario ...
La “mama achachita” de
los indios de Choya, es la “Pura y limpia Concepción” del
santoral católico, pero, tal vez, evoca esas deidades femeninas
de nuestro pasado indígena, y, por ello, es el vértice en el que
confluye la cultura mestiza de esta tierra
(tierra-madre-pacha-mama) objetivándose en la Fiesta
paradigmática de los catamarqueños.
San Roque,
patrono de los enfermos, es también un santo popular, su fiesta,
en el mes de agosto, se celebra en diversos puntos de la
provincia. Una de las más autenticas y convocantes, es la de San
José en Santa María.
Allí, en un templo que
data del Siglo XIX se venera una pequeña imagen de oro, que la
iglesia, y los fieles reconocen como de San Roque, reconocen
como de San Roque, pero que, no se parece a las representaciones
convencionales del Santo, en realidad, el ojo profano ve más
bien la personificación de un minero, con sus botas y su casco.
Acuden a esta fiesta
fieles de toda la puna, tanto catamarqueña como salteña; de los
valles calchaquíes confluyen artesanos para vender sus obras,
vendedores ambulantes con mercadería “globalizada”, copleros y
bailarines, “rezadoras” y “curanderos”. Todos a rendir tributo
al “San Roquito”, como lo llaman cariñosamente.
Esta Fiesta, anclada en
el corazón de los valles calchaquíes es una de las que muestra
un mayor sincretismo cultural, allí se palpa la magia del rito
que año tras año anuda el lazo entre San Roque y su pueblo.
Allí están presentes y
actuantes las 2 vertientes culturales más importantes de nuestro
pueblo, y tal vez, con un pequeño predominio de lo aborigen.
San Pedro (Fiambalá),
otro santo patrono que concita los fervores populares es un San
Pedro que tiene su morada, desde el siglo XVIII en un templo de
la ciudad de Fiambalá.
Allí se guardan varios
pares de zapatitos gastados pues el santo suele salir de vez en
cuando de su templo y gasta el calzado,”entonces hay que
comprarle zapatitos nuevos”, dicen sin asomo duda los
fiambalenses.
San Juan Bautista:,
su celebración es el 24 de Junio. Santo Fundador de la primera
población española en suelo catamarqueño. Allí, en Londres de
Belén, se conserva muy fuerte la tradición de las hogueras
cuando se lo celebra.
La de Londres es la
Fiesta de San Juan más tradicional. El Santo es honrado todo el
día, que comienza con las hogueras que iluminan todo el pueblo a
las 0 hs. Allí “se queman los pecados”, es decir la gente va
tirando papelitos en los que ha escrito su pecado más arraigado,
por ejemplo la gula, la envidia, la pereza, la lujuria ...
Además es muy divertido porque se lo comenta: “ay vea, yo todos
los años quemo la envidia, pero no hay caso vuelve ... pueda ser
que el señor San Juan consiga que Dios me lo perdone...”, nos
dice una santa señora.
Después la reunión
familiar donde se brinda con ponche por los juanes y juanas que
son muchísimos, ( y se les olvida la quema de los pecados)...
Esa noche, se duerme
poco, o no se duerme porque a las 10 de la mañana hay que ir a
la “Misa Mayor”, olorosa de incienso y animada por un conjunto
musical (que es el mismo que actúa en los festivales).
Sigue el desfile, donde
tanto los niños y jóvenes escolares cuanto los jinetes, lucen
orgullosos los inigualables ponchos londrinos. También se
preparan carrozas alegóricas y ferias de las producciones
agrícolas y artesanales.
Las comidas típicas:
mote, gigote, empanadas, quesos, pan casero y tortillas,
alternan con los vinos pateros de Tinogasta y Pomán y con el
“Ponche” y el “Jacaranda”, preparados por las habilidosas manos
de las mujeres del pueblo, que también traen a la Feria nueces
confitadas, tortas de turrón, rosquetes y muchas otras
confituras de exquisita factura, junto a las maravillosas telas
( ponchos, ruanas, mantas, chalinas, puyos) que también ofrecen
las gentes que “
En definitiva, a los
San Juanes de Londres es preciso vivirlos, y, cuando eso ocurre,
no se los olvida.
La “Madrecita del
Alto del Rosario”: En las ultimas estribaciones del Ancasti,
casi en el límite de los Dptos., de Ancasti y La Paz, hay una
capilla de piedra que se levanta solitaria en medio del monte.
Allí, cada semana santa y, para el día de la Virgen del Rosario,
en Octubre, se reúne una multitud devota que honra la memoria de
una mujer que la piedad popular, sin esperar la aprobación
eclesiástica, considera santa.
Esta es una fiesta muy
colorida, netamente popular, no hay en ella ninguna “puesta en
escena”. Los parientes y amigos que llegan con sus velas
(cientos de ellas arden durante todo el día), para pedir o
agradecer favores, se reúnen en torno a improvisados fogones y
allí cuentan historias (principalmente de la vida y los milagros
de la madrecita), se pasan las recetas de las “friegas olorosas”
que ella recetaba, por allí alguno que ha traído una guitarra
comienza a cantar, alguna pareja se anima a bailar todos los
hombres mayores juegan la taba, se dan noticias de los animales
que pastan a campo abierto, se desafían para alguna cuadrera.
Las mujeres son las encargadas de los rezos y de mantener
encendidos los cirios, también de freir las empanadas ( que, en
semana santa son de vigilia), calentar las viandas, ocuparse de
los niños.
La Iglesia Católica,
viendo que la devoción crecía sin ella, se ha decidido a
permitir que algún sacerdote acompañe la celebración, de esta
manera aunque en el sermón el representante oficial de la
Iglesia procura no referirse a la figura de la “Madrecita”, sin
embargo todos saben que están allí para venerar a quien fuera en
vi da María del Rosario Quiroga, vidente y curandera y que,
después de muerta, sigue brindando sus favores a quienes la
invocan con fe.
Por: Lic.
María Mercedes Díaz |