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Nacido en Huaycama
(departamento de Valle Viejo, Catamarca), fue un estanciero y
militar argentino, líder del último pronunciamiento de los
caudillos del interior contra la hegemonía política conquistada
por la provincia de Buenos Aires en la batalla de Pavón. Apodado
el Quijote de los Andes por el desafío que plantó al gobierno
central con un reducido ejército de menos de 5.000 hombres, hizo
frente a éste en la región andina y cuyana durante varios años.
Finalmente derrotado, murió exiliado en Chile.
Sus inicios como combatiente
Federal
Varela, poseedor de
tierras en Guandacol (provincia de La Rioja), combatió contra el
gobierno de Juan Manuel de Rosas en la década de 1840, en la
Coalición del Norte y bajo las órdenes de Peñaloza e intervino
junto a éste en las sublevaciones de 1862 y 1863.
La persecución del
gobernador de Buenos Aires le llevó al exilio en Chile, donde se
unió al ejército de ese país; luego de la caída de Rosas, en
1852, retornó sumándose al ejército de la Confederación. En 1862
peleó bajo las órdenes de Justo José de Urquiza en la batalla de
Pavón, que marcó el triunfo de la facción porteña y el inicio de
la hegemonía mitrista; se unió, tras la derrota, a las huestes
del Chacho Peñaloza en su sublevación contra las autoridades
nacionales.
Como protegido del
Chacho, fue nombrado jefe de la policía en La Rioja. En 1863
invadió la provincia de Catamarca, combatiendo contra las
fuerzas de Wenceslao Paunero en las batallas de Las Playas y
Lomas Blancas; luego del asesinato de Peñaloza, Varela se
refugió en Entre Ríos, sirviendo nuevamente a las órdenes de
Urquiza. Un año más tarde volvió a Chile.
La rebelión de los colorados
Acérrimo opositor al
gobierno de Buenos Aires, Varela percibió la impopularidad de la
guerra del Paraguay y decidió intervenir nuevamente. Provisto de
buena inteligencia sobre las decisiones diplomáticas tras la
creación de la Triple Alianza y las motivaciones de Mitre,
liquidó sus posesiones para equipar un par de batallones de
exiliados, así como combatientes chilenos afines a su causa.
Convocando a las montoneras residuales de otros caudillos
muertos en todo el país más combatientes chilenos, marchó sobre
territorio argentino portando bandera con la consigna de
¡Federación o Muerte!. En San José de Jáchal, provincia de San
Juan, lanzó el 10 de diciembre de 1866 su proclama
revolucionaria:
¡Argentinos! El pabellón
de mayo que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes
hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó
fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre,
ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero
Bellaco, Tuyuty, Curuzú y Curupayty. Nuestra Nación, tan feliz
en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan
engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava,
quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto
nombre a la vez que sus grandes destinos por el bárbaro capricho
de aquel mismo porteño, que después de la derrota de Cepeda
lagrimeando juró respetarla.
Tal es el odio que
aquellos fratricidas porteños tienen a los provincianos, que
muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y
asesinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio:
Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazával y otros varios
dignos de Mitre.
¡Basta de víctimas
inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin
conciencia! ¡Cincuenta mil víctimas inmoladas sin causa
justificable dan testimonio flagrante de la triste e
insoportable situación que atravesamos y que es tiempo de
contener!
¡Abajo los infractores de
la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes
de las cruces de Uruguayana, a precio de oro, de lágrimas y de
sangre argentina y oriental! Nuestro programa es la práctica
estricta de la constitución jurada, del orden común, la paz y la
amistad con el Paraguay, y la unión con las demás repúblicas
americanas.
¡Compatriotas
nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el enemigo. Allí
los invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte,
vuestro jefe y amigo. Felipe Varela
La intentona recabó
apoyo entre los caudillos de la región; el primero en alzarse
fue el mendocino Juan de Dios Videla, al que se sumaron
rápidamente los puntanos Felipe y Juan Saá. Con su apoyo, y el
claro predominio del sentimiento federal en la región, Varela
pudo declararse con tranquilidad gobernador de Catamarca. Los
dos batallones con los que había partido de Chile se habían
transformado en varios miles de hombres, y con esas fuerzas
derrotó a los enviados del gobierno central en Luján de Cuyo y
Rinconada del Pocito.
El sofocamiento de la
rebelión
Mitre, que a la sazón
estaba personalmente al frente de las hostilidades en el
Paraguay, debió separar fuerzas de la Triple Alianza, bajo el
comando de José Miguel Arredondo y Paunero, para hacer frente a
la insurrección.
Mientras tanto, los
caudillos al frente de las montoneras buscaban soliviantar las
provincias vecinas; ante la tibia acogida que les dispensa
Urquiza, con quien contaban inicialmente para encabezar el
alzamiento, planificaron las acciones desde su cuartel de Jáchal.
Varela estaría encargado de alzar las provincias occidentales,
mientras los Sáa y Videla avanzarían hacia el litoral, donde
Ricardo López Jordán estaría a cargo de las fuerzas entrerrianas
y de quienes se le sumaran en Santa Fe y Corrientes. Del otro
lado del Uruguay, Timoteo Aparicio encabezaría los blancos.
En marzo, el ejército
al mando de Paunero recibió en Rosario el moderno equipo
retirado del frente paraguayo, y comenzó el avance hacia
Córdoba, donde el ministro de guerra, Julián Martínez, se había
trasladado para imponer la autoridad civil del gobierno central.
Alertado de la marcha de los Saá, Paunero destacó a Arredondo a
interceptarlos en la orilla del Río Quinto. En la madrugada del
1 de abril, las fuerzas de los montoneros y sus aliados
ranqueles, que habían aportado 500 lanzas a los insurrectos,
fueron derrotadas en San Ignacio.
Mientras tanto, Paunero
avanzaba con el resto de la tropa hacia Varela, y los hermanos
Manuel y Antonino Taboada conscribían tropa en la provincia de
Santiago del Estero para apoyar a las fuerzas regulares. Varela
marchaba desde Catamarca y La Rioja, donde había reunido unos
4.000 hombres, hacia las provincias del altiplano andino, cuando
recibió la noticia de la derrota de los Saá; comprendiendo que
las fuerzas de los Taboada ocuparían las provincias cuyos
hombres formaban su tropa, decidió retroceder hacia La Rioja y
hacerles frente.
Enviando recado a los
Taboada para sugerirles combatir fuera de la ciudad, con la
intención de reducir los daños civiles, Varela avanzó haciendo
contramarchas. Sin duda, la dureza de su avance influyó tanto en
el resultado del Pozo de Vargas —el único manantial en su
camino— como la superioridad de la artillería enemiga. El
ejército de Taboada se había ubicado estratégicamente, contando
con la necesidad imperiosa de agua de los hombres de Varela,
para atacar desde trincheras recién cavadas al avanzar los otros
sobre el pozo. Sin embargo, la carga inicial de los federales
—encabezada por Estanislao Medina, el segundo de Varela— fue
exitosa, y los combates se prolongaron durante casi ocho horas.
Una astuta maniobra del capitán montonero Elizondo se hizo con
los animales y el parque de armas de los Taboada, pero el rédito
de la misma se vio desbaratado cuando se dio a la fuga con ellos
en lugar de volver a formar filas y entrar al combate. Con menos
de 180 hombres, Varela debió retirarse, dejando el campo al muy
maltrecho ejército nacional.
La resistencia de Varela
Pocos días más tarde,
reuniendo los restos dispersos de su ejército y el de los Saá en
el campamento de Jáchal, Varela decidió adoptar una táctica de
guerrilla. El 21 de abril abandona Jáchal, ante el avance de
Paunero, y se echó al monte; desde allí hostigaría a las fuerzas
regulares de sus adversarios, contando con su mejor conocimiento
del terreno.
El 5 de junio, en el
paraje de Las Bateas, se arrojó por sorpresa sobre el campamento
de Paunero, huyendo con la caballada y la munición. El 16 del
mismo mes, aprovechando sus pocos medios, sorprende en la
quebrada de Miranda a un grupo de conscriptos al frente del
Coronel Linares, que abandonan el bando nacional y se le unen
desobedeciendo a sus oficiales. Esa clase de acciones se
prolongaría durante meses, obligando al gobierno central a
mantener en constante alerta a sus tropas en la región,
bautizadas como Ejército Interior.
En octubre de ese mismo
año, para aprovisionarse, bajó con sus tropas de la cordillera y
tomó durante unas horas la ciudad de Salta; de allí obtuvo
artillería y munición, y marchó hacia la frontera boliviana,
recibiendo apoyo de los lugareños en Jujuy. Asilado por el
presidente boliviano Mariano Melgarejo, se refugió
temporariamente en Potosí; sin embargo, los vaivenes de la
política boliviana agotaron rápidamente su bienvenida, y hacia
fines de 1868 tomó nuevamente el camino de Salta con un par de
centenares de hombres, incitado por el fusilamiento del caudillo
riojano Aurelio Zalazar. El 12 de enero de 1869, un pequeño
contingente nacional lo derrotó en Pastos Grandes, dispersando
definitivamente su tropa.
Enfermo de tisis y
carente de apoyo, Varela se refugió en Chile. El gobierno
transandino, poco amigo de dar albergue a un insurrecto
reincidente, lo mantuvo brevemente en observación antes de
permitirle asentarse en Copiapó. El 4 de junio la enfermedad
acabó con su vida. El gobierno catamarqueño repatrió sus restos,
pese a la oposición del Ejecutivo nacional encabezado por
Domingo Faustino Sarmiento.
La figura de Varela,
como tantas otras de la época, resulta fuertemente
controvertida; los partidarios de la facción liberal lo han
considerado un salvaje sanguinario, una versión que se ha
consagrado en el texto de la zamba La Felipe Varela, de José
Ríos, que reza:
Galopa en el
horizonte, / tras muerte y polvadera; / porque Felipe Varela /
matando llega y se va.
Los historiadores argentinos modernos
suelen considerar a Varela un líder político -el último del
grupo de Artigas, Ramírez, Quiroga, Chacho Peñaloza, quienes se
opusieron a que la organización política de la Nación se hiciera
desde la Capital Federal en Buenos Aires.
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