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Katamarkanos:


Luis Leopoldo Franco

Su vida: “Soy nacido y criado en una aldea...”

     Nació en Belén, Catamarca, un 15 de noviembre de 1898. Hijo de Luis Antonio Franco y de Balbina Acosta de Franco.

     Poco antes de terminar la escuela primaria, su familia se trasladó a la capital de la provincia para que sus hermanos mayores y él realicen los estudios secundarios. Se destacó como alumno en el Colegio Nacional. A la par satisfacía su curiosidad de vida y de mundo a través de los libros. Sus compañeros recordaban que en las jugadas de fútbol guardaba el arco ojeando un libro cuando la pelota estaba lejos; curioseaba o estudiaba cosas que no figuraban en los programas de estudio ni siquiera en la cabeza de los profesores. Para liberarse del colegio, dio los dos últimos cursos en un año y volvió a Belén.

     Al año siguiente (1918) ganó el Premio de Honor en el certamen literario “Juegos Florales”, presidido por Jaimes Freyre, con su Oda Primaveral. La prensa del país y la popular revista Caras y Caretas comentaron ese pintoresco episodio ya que, llegado el día en que se entregaban los premios y sin tener noticias del ignoto escritor, éste se presentó, acompañado de un peón, habiendo viajado en lomo de mula durante dos días a la ciudad de Tucumán, para recibir la distinción.

     Hizo el servicio militar en Buenos Aires, durante el cual pasó gran parte del tiempo en el calabozo a causa de su temperamento. Inició la carrera de Derecho, la cual abandonó en el segundo año cuando advirtió “su escasísima fe en las verdades universitarias e intuyó su incompatibilidad total con la jurisprudencia”2 .

     Si bien la vida en el campo le proporcionaba la paz para poder leer y estudiar, y la posibilidad de trabajar en forma independiente, a veces necesitaba buscar información en bibliotecas y librerías, por lo que durante varios años alternó entre el ajetreo de la ciudad y la vida campesina. En Buenos Aires trabajaba en la Biblioteca Nacional del Maestro, empleo que, al decir de Franco, le proporcionaba “una situación muy modesta pero cómoda, con bastante tiempo libre”3 .

     ¿Cómo se ganaba la vida en Belén? Como labrador de una finca donde combinaba el cultivo de cereales y pastos con el de la vid. Ahí hacía de patrón, capataz y peón a la vez; de herrero, carpintero y talabartero cuando era necesario. Durante décadas trabajó la tierra, desmontando, nivelando y cultivando alfalfa, vid y conformando una granja.

     Sufrió varias veces la cárcel por defender el agua de riego, respaldando a los labriegos y por ser considerado enemigo del gobierno y de la sociedad.

     Daniel Chirom, en una entrevista editada en el semanario “El periodista de Buenos Aires”, en noviembre de 1985, (Luis Franco contaba con 87 años), lo retrata así:

     “un anciano alto, erguido, de contextura robusta... miro sus ojos profundos enmarcados por cejas selváticas. Su rostro está tallado. Es uno de esos hombres privilegiados para los que la vida no ha pasado en vano...”. En esta entrevista se le pregunta porqué no aceptó ser miembro de la Academia Argentina de Letras, a lo que don Luis respondió “que no me veía como miembro de una corporación en la que tuviera que consonar con ciertos modos de ver que diferían de los míos y que por ser míos, los prefería a los ajenos”4 .

     Al referirse al Gran Premio de Honor de la SADE, recibido en 1984, dice: “Tuve que aceptarlo, ya me daba vergüenza negarme. Mis amigos insistían tanto. Lo mismo sucedió con el Gran Premio de Honor de la Fundación para la Poesía”5.

     Para conocerlo más profundamente tal vez nos ayuden las palabras con que introduce su libro “América inicial” (1931), que titula Autobiografía:

     Yo, señor, rasgado de ojos y de corazón, limpio de conciencia y de ahorros, de suerte oscura y risa clara, nací y vivo en un lugar tan huido -betlehemita6 soy-que amagando juntarse en él los rieles (¿las paralelas no se juntan en el infinito?) el tren no ha podido acercarse.

     Mi infancia me parece ahora cosa de prodigio. Sin embargo, cuando niño, tendía con avidez de tentáculo a la todopoderosidad de ser hombre.

     La escuela se me ocurrió entonces un invento de fastidio técnico. (No he variado excesivamente de opinión). En el colegio me aburrí tan descaradamente como un león de jardín zoológico. También en la facultad de derecho. También en el cuartel de artillería. (De ahí sin duda mis mejores defectos: mi vocación de soledad, tan chúcara; mi cargosa sospecha en la incompatibilidad entre un profesor y un hombre de espíritu; mi entusiasta desapego por toda disciplina, como no sea la que uno mismo se impone, o si se quiere, por toda librea, sea de gendarme o de embajador).

     La vida blanca y roja (no un negocio sino una aventura mágica, la vida) es mi mayor tentación, pero la palabra y aun el pensamiento, tienen la privanza de mis horas tiradas en buscar un arte de tempestad y melodía.

     Soy hombre, y nada del cuerpo y del alma de la mujer puede serme indiferente.

     Creo que alguno me sospechó griego -acaso por la risa, aunque tengo sonrisa muy actual- Otro no más que turco. ¿Acaso porque soy polígamo de ideas y creo mejor el gozar de todas que entregarme ciegamente a ninguna?

     ¿Religión? Soy un impío capaz de escuchar devotamente por horas una cigarra, pitonisa del sol. Soy un ateo calado hasta el hueso de supersticiones de lo divino. (¿Para qué decir que la ignorancia cerrada de la tecnología figura entre mis grandes erudiciones y que malicio más ciencia de Dios en una calandria que en la Summa?

     Algún tiempo me fastidié lo más confortablemente posible en las ciudades donde los hombres impiden ver al hombre. Pero el campo me sobornó otra vez con los pájaros chismosos de cielo; sus árboles llenos de meditación y de frescura, oh; su viento, mi profesor de gimnasia y de filosofía.

     La alegría - gay vivir7 - es mi culto, a mayor título, que suelen salirme al camino, como al que más, esas horas de desencanto eclesiástico en que nuestras ilusiones amagan cariarse a la par de nuestras muelas.

     No sé si tres o cuatro mil plantas puestas por mi mano me autorizan el título del plantador. Mas conste de que no tengo otro, aunque soy argentino.

     Una junta de escopetas, otra de perros, un pavo real, que imanta todas las miradas, y una yegua lujosa de ímpetu como un ditirambo, agotan el censo de mis bienes.

     Pero no quiero jactarme de mi pobreza, aunque es mi único orgullo.

     Diablo horro de diversiones, suelo hallarlas en algunas solemnidades acreditadas: en los charlatanes aforrados de taciturnos, en los retardados mentales con cátedra de zahorismo, en los que por tener casi todo no son casi nada, en los que por no perder el tiempo pierden de vivir.

     A veces pienso que debí nacer pastor o rey.

     A veces sueño ser un hombre de hierro o de música.

     Pero ya he dicho que no creo casi en nada. Tal vez en la frivolidad maravillosamente trágica del amor. Tal vez en cualquier ídolo, Goethe, por ejemplo, o Whitman.

     Y eso fue todo.

     Fue justamente su ateísmo y su carácter intransigente lo que le valió la censura y la falta de reconocimiento de sus contemporáneos locales. Y también que se lo identificara con el comunismo y el anarquismo. Franco rechazaba esta categorización considerando que siente “una repugnancia orgánica por los ismos en política como en literatura”8 , más allá que simpatice en algunos aspectos con los movimientos antes mencionados.

     Murió un 1 de junio de1988, próximo a cumplir sus 90 años, en un asilo de ancianos de Ciudadela (Buenos Aires), donde transcurrió los últimos años, sobrellevando la soledad y la pobreza.

Su obra: “La literatura, espejo vivo del hombre”

     No puede dejar de resultar sorprendente su amplitud de conocimientos sobre muy variados temas, y que haya volcado toda esa información, analizada, interpretada y recreada en medio centenar de obras, convirtiéndose en el escritor más prolífero y representativo de la provincia.

     ¿Cuáles son los temas que más impresionaban y preocupaban a este catamarqueño?

     Generalmente se habla de Luis Franco como de un escritor panteísta, dicho esto en relación a Pan, el dios de los rebaños y de los pastores; el panteísmo es una concepción religiosa en que toda la naturaleza, toda la realidad es una colectividad de deidades. Esta pasión por la naturaleza lo llevó a profundizar en los misterios de los seres vivos. Prueba de ello son los numerosos ensayos y relatos cuyo eje son los animales (“Los hijos de Llastay”, “Zoología de bolsillo”, “Biografía Animales”, etc.) y las plantas (“Nuestro padre, el árbol”).

     Y dentro de este pensamiento figura su concepción del hombre, como “un hijo natural de la zoología, legitimado por la historia”. Así dice: “Es obvio que corporalmente su equipo era inferior al de cualquier otro hijo de la zoología... ¿no cabe destacar que esa inferioridad física externa justamente obró como un profundo acicate sobre su sistema nervioso llevando a su cerebro a la más temible capacidad para equilibrar la desventaja?”10 .

     Fruto de sus indagaciones sobre la naturaleza humana, considerando la “venerable dignidad de la función genésica y la perfecta equivalencia de ambos sexos”11 ; es el ensayo “La hembra humana”. En esta obra Franco profundiza la problemática de la liberación sexual y social de la mujer, analizándola desde lo más diversos puntos de vista.

     Su interés por la historia, tanto nacional como universal, la filosofía y las religiones lo motivó a escribir numerosos ensayos, como lo certifican los títulos de su obra. Se destacan los ensayos biográficos sobre personalidades a las que Franco admiraba (“Walt Whitman”, “Hudson a caballo”, “Domingo F. Sarmiento”, “Sarmiento y Martí”) o rechazaba (“Rosas entre anécdotas”, “De Rosas a Mitre”).

Poesía

Constelación

ANDES 1936 (fragmento)
¡Olor de piedra, miradas de piedra, silencio de piedra,
emboscada de piedra!
Lo enorme nos comprime las costillas,
no puede respirar por nuestras narices.
Como galopes al borde de un barranco
los relojes se han parado en seco.
Se está bajo las edades como una tortuga bajo las imbricaduras de su concha.
La inmovilidad nos pesa más que una joroba.
Queremos ver, oír, saber,
pero nuestros sentidos son muñones de ala.
Los antípodas de lo humano están aquí.

Suma (fragmento)
En tus ojos la sombra y las estrellas pierden sus límites,
pero de tu voz salen las mañanas;
tu piel es de estío, pero de tu alma llega el olor de la lluvia
y el relámpago orna, por ratos, tus cabellos.
País profundo de tus formas en que ando desde el sol hasta los sueños.
Me rodeas como una selva sagrada,
como una atmósfera violenta y suficiente.
Tus manos se hunden en mis cabellos y latidos
hasta más allá del sueño y la vigilia.

LA GUITARRA (fragmento)
Forma
de puñal y puñalada,
y entre puñal y mujer,
ay, forma sacramentada,
ay, morena de avería,
guitarra.

Más enjuta
que tambores y cigarras:
cuerpo enjugado de espiga,
flanco abierto de granada,
y en tu lisura
las dos caras de la taba.
La cintura, imán de abrazos,
y esas cadenas lunadas,
como lunas de los médanos
que alumbran quizá agua amarga.

CANCIÓN DE LOS NIÑOS CON HAMBRE (fragmento)
¿Que aún se ignore que el hambre es
peor que todos los inviernos?
Se me saltan los ojos
y los pulsos, ebrios.
Mi rebelión aúlla oscura
más que en la nieve lobo hambriento.
Cantaré como los piratas
pulsando con el viento
y el alma desterrada
el cordaje velero.

Que ignoréis lo demás, no importa:
hay niños con hambre, sabedlo.
Niños que lloran
con llanto de hombre, oh cielos.

Cuentos

Cuentos Orejanos

En un principio fue el polvo (fragmento)

     (…) Pedro Carrasco acababa de despertar de una pesadilla sólo para entrar en otra. De veras el campo se iba pareciendo a un arrabal del infierno. La gran sequía era como un incendio reciente, del que sólo quedaban la ceniza y el resquemor. Blancos de polvo hasta las pestañas, hombres y bestias tenían algo de amortajados. Los bofes debían estar ya arrugados como fuelles. Sed antediluviana de agua. Pisaban polvo, respiraban polvo, paladeaban polvo. Tal vez comenzaban a ser polvo ellos mismos.

     Pedro Carrasco sentía su corazón cada vez más encogido y tembleque, como mula que baja por un despeñadero. (…)

El regreso del Moro (fragmento)

     (…) Como otros tienen la pasión del juego, el alcohol o los dividendos, yo tengo la pasión del caballo, desde niño y siempre, aunque ya haga años que no sienta consonar con el mío el latido del galope.

     Para mí el relincho no sólo es un clarín, con un pulso y vida que no tiene el otro, sino una de las músicas del mundo, que aumenta la hondura del cielo y el verdor de los prados. Para mí el galope sólo tiene paralelo en el arrojado brinco de la catarata o del arco iris.

     He trabajado durante un cuarto de siglo en pastos, lidiando con vacunos y yeguarizos. La Morita –yegua de sangre peruana, mansa como una paloma y arrojadiza como un torrente- levantaba tan altas las manos al trotar, que cierta vez, cruzando un callejón muy arbolado, advertí un refucilo a mi costado izquierdo y sentí después un tintineo en el techo de ramas. La yegua había perdido una de sus herraduras…

     Hijo de la Morita y nieto de un caballo de carrera de la región, negro y volador como un tordo, el Moro fue, desde chico, un potro excesivamente avispado y travieso.

     Lo trajeron a casa, desde los potreros, una mañana muy temprano, a los dos o tres días de nacer, con su madre, que fue atada al tronco del aguaribay del traspatio. Allá corrimos todos, golosos de novedad, a conocerlo. Era negrísimo como una semilla de sandía. Hallábase mamando en ese momento, con las orejitas amusgadas y una de las patas traseras muy apartadas de las otras. De pronto dejó el chupete, se plantó sobre sus diminutos vasos y sus larguísimas canillas, con un ¡quién vive! en las orejas erectas, meneando el breve rabo y removiendo el hociquillo en el paladeo de la última gota de leche. Los ojos: dos gotas de infinito… Se oyó un coro de ponderaciones y arrumacos, en que distinguí hasta la voz de mi madre. (…)

Ensayo

La Hembra humana (Fragmento)

     El gozo del verdadero amor es quizás el modelo más perfecto y armonioso del gozo humano. El gozo compartido no sólo es fecundo en el sentido biológico, sino también en el moral y espiritual. Gozo doble como las alas: se goza por sí mismo y por el gozo que se ofrenda al ser amado. Aunque nosotros no tengamos conciencia de ello, alguien se alegra en nosotros de crear más vida.

Pequeño Diccionario de la desobediencia (fragmento)

     El hombre es exterior e interiormente un hijo de sí mismo.

     Los más de los hombres sueñan que están despiertos. Algunos ni eso, pues duermen sin soñar.

     De un vicioso puede salir mañana un hombre honrado o grande. De un poltrón nunca saldrá nada

     Creer en el paraíso futuro –celestial o terrenal- es una ilusión de místicos y mistificados. Creer en el advenimiento de una sociedad mejor, y trabajar por ello, es el deber y el honor de la inteligencia, el sentimiento y la voluntad del hombre moderno.

     Quien es capaz de hospedar bien a la desgracia, puede hospedar serenamente a la felicidad.

Fuente: Editorial Sarquís - Catamarca